Aquel lugar no tenía nada especial ni diferente, pero exporó un poco y descubrió que la base de la alambrada no estaba bien sujeta al suelo, como en los otros sitios, y que al levantarla dejaba un hueco lo bastante grande para que una persona muy pequeña, quizá un niño, se colara por debajo.Entonces miró a lo lejos y poco a poco fue atando cabos, y notó que las piernas empezaban a fallarle, como si ya no pudieran sostener su cuerpo.Acabó sentandose en el suelo y adoptando casi la misma postura que su hijo había adoptado todas las tardes durante un año.
Ya no le importaba nada.
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